AUTOR: Luigini Bracci Roa

El pasado 7 de marzo de 2019 a las 4:54 de la tarde, se inició el peor incidente eléctrico que haya sucedido en la historia de Venezuela, cuando la central hidroeléctrica de Guri, la más grande del país, presentó una serie de fallas masivas que provocaron que más del 80 por ciento del país se quedara sin servicio por entre 36 y 80 horas, o más en algunos casos.

El gobierno del Presidente Nicolás Maduro ha explicado que el cerebro informático de la central hidroeléctrica del Guri (Sistema ARDAS) y el cerebro del sistema de distribución de Corpoelec, la  empresa estatal de energía eléctrica del país, fueron víctimas de ataques cibernéticos que imposibilitaron por muchas horas que el sistema continuara funcionando. Igualmente, líneas de transmisión de gran importancia habrían sido atacadas, haciendo que la restauración del servicio tuviera que reiniciarse.

Aunque se han presentado indicios circunstanciales, hasta el momento no se ha presentado información técnica sobre cómo ocurrió el ataque, ni se han presentado evidencias o trazas dejadas por los perpetradores del hecho. Las razones son obvias: el ataque apenas finalizó hace unos días, y muy probablemente se quiere evitar dar información a los perpetradores, que permita que éstos puedan reanudar los ataques o borrar información que pueda identificarlos.

Esto, por supuesto, ha causado que sectores nacionales e internacionales rechacen que la falla haya sido provocada por un ataque externo. Lo atribuyen, más bien, a falta de mantenimiento, incompetencia, corrupción y errores del gobierno, aunque ellos tampoco ofrecen mayores evidencias sobre sus afirmaciones.

Y, en realidad, yo no los culpo. Desde 1991 soy un apasionado de la informática y la programación, en 1997 me gradué como técnico en informática y en 2006  egresé de la Universidad Central de Venezuela como licenciado en Computación.

En mi vida profesional, he visto muchas veces a personas que recurren a los técnicos pidiendo ayuda, diciendo que su computador no funciona porque “me hackearon” o “tiene un virus”. Cuando los técnicos se sientan a examinarlo, encuentra que la causa del problema, las mayorías de las ocasiones, están relacionadas con errores del propio usuario, aplicaciones mal instaladas o algún problema en el hardware del equipo, incluyendo bolitas del ratón que están sucias o teclados con las teclas pegadas porque están llenos de restos de comida. Con esto no estoy diciendo que los sabotajes no existan, sino que muchas veces hay otras explicaciones, por lo que personal multidisciplinario especializado debe ser quien determine las causas.

Por eso es que los técnicos tienden a ser muy escépticos cuando fallas como las vividas el 7 de marzo en Venezuela se atribuyen a ciberataques, y no se presentan evidencias técnicas. Son instalaciones críticas, que están físicamente desconectadas de Internet y tienen protecciones de gran calibre. No es lo mismo que hackear un sitio web, que por estar conectado las 24 horas, puede ser víctima de muchos tipos de ataques en cualquier momento.

Aún así, yo les digo algo: yo sí creo que lo vivido el 7-M fue un ciberataque, y tengo muchas razones para pensarlo así. Si bien yo no manejo información técnica ni evidencias directas sobre las causas del incidente, y aún cuando yo no soy ingeniero eléctrico, sí existen una serie de argumentos circunstanciales que me hacen pensar que el incidente del 7 de marzo sí fue provocado. Quiero sintentizarlas en este escrito, y me encantaría conocer sus opiniones al respecto, las cuales pueden dejar como comentarios en este artículo, o pueden escribir a mi cuenta Twitter @lubrio o mi muro de Facebook.

El contexto: La falla eléctrica se produce en medio de un intento de deponer a Maduro

Desde el pasado mes de enero, el gobierno de Venezuela está siendo víctima de un ataque frontal y nada disimulado de la administración Trump para deponerlo. Es público, notorio y comunicacional. Todo el planeta habla de ello.

Desde ese mes, Venezuela está llena de cientos de periodistas y corresponsales de medios internacionales que esperan un “desenlace” de un momento a otro.

El presidente estadounidense incluso ha dicho públicamente que no descarta una intervención militar contra Venezuela, y que “todas las opciones están sobre la mesa”, incluyendo diferentes formas de intervención. Los principales voceros del gobierno estadounidense (desde Elliott Abrams, enviado del gobierno estadounidense para Venezuela, pasando por el secretario de estado Mike Pompeo, el vicepresidente estadounidense Mike Pence y el propio presidente Donald Trump) se han encargado de emitir declaraciones prácticamente a diario amenazando al presidente venezolano Nicolás Maduro, a su gobierno, a los jefes militares y a los ciudadanos comunes que lo apoyan.

Estas amenazas recrudecieron el 23 de enero, cuando un diputado de la oposición venezolana, Juan Guaidó,se autoproclamó “presidente interino” de Venezuela, lo cual no hubiera pasado de ser una anécdota ridícula y curiosa, si no fuera porque a los pocos minutos él fue reconocido por el gobierno estadounidense como tal.

Desde entonces, Guaidó ha convocado a marchas, manifestaciones, ha logrado que entre 30 y 50 gobiernos lo reconozcan como “presidente encargado”, ha logrado que se incrementen las sanciones económicas contra Venezuela, y ha hecho esfuerzos para que el país sea declarado en “crisis humanitaria”, con el fin de justificar el ingreso de supuesta “ayuda humanitaria” acompañada de tropas militares, lo que el gobierno de Venezuela ha denunciado como el inicio de una intervención extranjera. No descarta Guaidó aprobar un decreto “autorizando” dicha intervención militar contra el país que supuestamente preside.

No sólo Guaidó, sino los principales voceros del gobierno estadounidense incluyendo al mismísimo Trump, se han encargado de increpar y amenazar casi a diario a los militares venezolanos,exigiéndoles rebelarse contra Maduro, dejar de cumplir sus órdenes y unirse a su supuesto gobierno.